De acuerdo a la Gestalt, la apertura a la experiencia se da de manera móvil y procesal en el límite organismo-ambiente, y es fundante para la confianza en el propio organismo, es decir, en nuestra naturaleza espontánea, flexible curiosa y tendiente hacia la autoactualización. Es el contacto con el entorno lo que nos introduce a no perder nuestra raíz paradigmática en la fenomenología de lo "primero", de lo primitivo (Robine, 1999). También afirman Pearls Hefferline y Goodman que “si la animalidad ha de ser humanizada, el humano previamente tiene que ser animalizado” (1994).
Es decir, hablamos del reconocimiento del animal humano como organismo necesariamente partícipe del mundo natural, sujeto a las reglas que rigen la naturaleza, en interdependencia con las demás especies. La invitación rogeriana a la apertura a la experiencia es una propuesta para un funcionamiento desde el auténtico sí mismo que conduce a la pérdida de omnipotencia del ser humano ante el mundo natural, porque simplemente forma parte de éste. Este es un giro en la relación con la comunidad biótica, para hablar en vez de campo, de un campo ecológico.
La metáfora darwiniana de la “red de la vida” nos invita a vivir con un sentido de comunidad, reforzado por la comprensión biológica de que los humanos compartimos un origen evolutivo, y un plan estructural y funcional común con todos los seres vivos. En términos de Aldo Leopold, este conocimiento nos provee un sentido de parentesco con todas las especies como “compañeros de viaje en esta odisea de la evolución” (Rozzi, 1997).
Es decir, hablamos del reconocimiento del animal humano como organismo necesariamente partícipe del mundo natural, sujeto a las reglas que rigen la naturaleza, en interdependencia con las demás especies. La invitación rogeriana a la apertura a la experiencia es una propuesta para un funcionamiento desde el auténtico sí mismo que conduce a la pérdida de omnipotencia del ser humano ante el mundo natural, porque simplemente forma parte de éste. Este es un giro en la relación con la comunidad biótica, para hablar en vez de campo, de un campo ecológico.
La metáfora darwiniana de la “red de la vida” nos invita a vivir con un sentido de comunidad, reforzado por la comprensión biológica de que los humanos compartimos un origen evolutivo, y un plan estructural y funcional común con todos los seres vivos. En términos de Aldo Leopold, este conocimiento nos provee un sentido de parentesco con todas las especies como “compañeros de viaje en esta odisea de la evolución” (Rozzi, 1997).
La naturaleza humana que conserva la gracia y la belleza de la que están dotados todos los animales normalmente desde que nacen es lo que Lowen denomina “primera naturaleza”. En ella, existe una ausencia de tensiones musculares crónicas que restringen los sentimientos y movimientos; y a nivel psicológico, refiere a la ausencia de racionalizaciones, negaciones y proyecciones, el organismo humano estaría libre de actitudes estructuradas (Lowen, 1980). Por el contrario, una “segunda naturaleza” describe actitudes psicológicas y físicas que, aunque no naturales, han llegado a asimilarse con la persona y a convertirse en parte de ella, pero atentando contra lo sano y armonioso de la primera.
La fisiología sana y espontánea, ajustada a la situación es la que permite al organismo apartar el obstáculo que perturbaba su homeostasis y otorga la confianza en su intrínseca y natural sabiduría.
También en casos de frustración y miedo, surgen funciones temporales que pretenden salvar adaptativa y saludablemente la emergencia, protegiendo la superficie sensitiva del organismo. Estas reacciones, de hipersensibilización y de hiposensibilización, pueden ser observadas a lo largo de todo el reino animal (Perls Hefferline y Goodman, 1994).
Por lo tanto, sostiene Goodman -autor de Gestalt Therapy-, el ser humano "es por completo humano en su animalidad y animal en su humanidad".
Por lo tanto, sostiene Goodman -autor de Gestalt Therapy-, el ser humano "es por completo humano en su animalidad y animal en su humanidad".