viernes, 2 de marzo de 2007

Terapia Gestalt y el Humano Animal(izado)

De acuerdo a la Gestalt, la apertura a la experiencia se da de manera móvil y procesal en el límite organismo-ambiente, y es fundante para la confianza en el propio organismo, es decir, en nuestra naturaleza espontánea, flexible curiosa y tendiente hacia la autoactualización. Es el contacto con el entorno lo que nos introduce a no perder nuestra raíz paradigmática en la fenomenología de lo "primero", de lo primitivo (Robine, 1999). También afirman Pearls Hefferline y Goodman que “si la animalidad ha de ser humanizada, el humano previamente tiene que ser animalizado” (1994).

Es decir, hablamos del reconocimiento del animal humano como organismo necesariamente partícipe del mundo natural, sujeto a las reglas que rigen la naturaleza, en interdependencia con las demás especies. La invitación rogeriana a la apertura a la experiencia es una propuesta para un funcionamiento desde el auténtico sí mismo que conduce a la pérdida de omnipotencia del ser humano ante el mundo natural, porque simplemente forma parte de éste. Este es un giro en la relación con la comunidad biótica, para hablar en vez de campo, de un campo ecológico.

La metáfora darwiniana de la “red de la vida” nos invita a vivir con un sentido de comunidad, reforzado por la comprensión biológica de que los humanos compartimos un origen evolutivo, y un plan estructural y funcional común con todos los seres vivos. En términos de Aldo Leopold, este conocimiento nos provee un sentido de parentesco con todas las especies como “compañeros de viaje en esta odisea de la evolución” (Rozzi, 1997).


La naturaleza humana que conserva la gracia y la belleza de la que están dotados todos los animales normalmente desde que nacen es lo que Lowen denomina “primera naturaleza”. En ella, existe una ausencia de tensiones musculares crónicas que restringen los sentimientos y movimientos; y a nivel psicológico, refiere a la ausencia de racionalizaciones, negaciones y proyecciones, el organismo humano estaría libre de actitudes estructuradas (Lowen, 1980). Por el contrario, una “segunda naturaleza” describe actitudes psicológicas y físicas que, aunque no naturales, han llegado a asimilarse con la persona y a convertirse en parte de ella, pero atentando contra lo sano y armonioso de la primera.


La fisiología sana y espontá­nea, ajustada a la situación es la que permite al organismo apar­tar el obstáculo que perturbaba su homeostasis y otorga la confianza en su intrínseca y natural sabiduría.


También en casos de frustración y miedo, surgen funciones temporales que pretenden salvar adaptativa y saludablemente la emergencia, protegiendo la superficie sensitiva del organismo. Estas reacciones, de hipersensibilización y de hiposensibilización, pueden ser observadas a lo largo de todo el reino animal (Perls Hefferline y Goodman, 1994).

Por lo tanto, sostiene Goodman -autor de Gestalt Therapy-, el ser humano "es por completo humano en su animalidad y animal en su humanidad".

jueves, 1 de marzo de 2007

Animales y Paradigma Excepcionalista Humano

Desde la Revolución Industrial y la era del capital por el capital y el mercado ilimitado, el paradigma positivista ha instaurado la concepción del progreso humano como inevitable, confiándose plenamente en la razón y en la tecnología (como prolongación de ésta) para su alcance. En su condición de ser racional y desde mucho antes, el ser humano se ha situado en el eje de este progreso, como la única entidad moralmente válida.

El antropocentrismo -esta concepción idealista-religiosa y moral- sostiene que el ser humano es el centro y el fin último del universo (Diccionario soviético de filosofía, 1965, páginas 19-20). Para Gray (1985), el antropocentrismo es un tipo de "creencia primitiva", en tanto sitúa a la humanidad por sobre y aparte de la naturaleza, rechazándose por tanto cualquier idea de interdependencia con el resto de seres vivos.

Tal concepción ha generado incluso influencias en las Ciencias Sociales: Catton y Dunlap (1980, en Corral Verdugo, 2001) llaman a esta influencia el Paradigma Excepcionalista Humano. Se le denomina excepcionalista, ya que se considera al ser humano como un organismo especial, una excepción formidable y superior dentro de las especies animales irracionales que dependen básicamente de sus instintos para sobrevivir. El ser humano, a diferencias de otros animales y gracias a su capacidad racional y de voluntad, se encontraría por sobre los demás seres vivos, por lo que se adjudica su dominio sin necesidad de seguir las leyes ecológicas que gobiernan la interdependencia de las especies.

Una década antes (1970), el psicólogo Richard D. Ryder ya había acuñado el término “especismo” para referirse a la discriminación basada en la diferencia de especie. Esta discriminación conlleva la infravaloración de los intereses de aquellos que no pertenecen a la especie humana, por el mero hecho de pertenecer a una especie determinada. Esta expresión del Paradigma Excepcionalista Humano está siendo ampliamente cuestionada por personas que exigen un trato ético a los animales, en tanto ésta es una discriminación moral arbitraria de carácter grupal análoga al sexismo y al racismo.

La valoración estrictamente utilitaria y funcional del ambiente y de los animales pseudoargumentada en su condición no-humana, conlleva la cosificación de otros seres como “herramientas” o “recursos” para la satisfacción de necesidades humanas. No hay límites en la explotación de recursos ni interés en un consumo responsable.

Incluso, el especismo y demás manifestaciones del Paradigma Excepcionalista no sólo implican la degradación efectiva, vertiginosa e irrestricta del entorno natural, sino que también se ha confirmado su cercanía al individualismo: es decir, la depredación del entorno ya no sólo vulnera derechos de otras especies sino que se ha visto asociada a la optimización de beneficios a favor del individuo y a expensas del capital social y de la formación de redes en comunidad (Hernández, Suárez, Martínez-Torvisco y Hess, 1997, en Corral Verdugo 2001).