jueves, 1 de marzo de 2007

Animales y Paradigma Excepcionalista Humano

Desde la Revolución Industrial y la era del capital por el capital y el mercado ilimitado, el paradigma positivista ha instaurado la concepción del progreso humano como inevitable, confiándose plenamente en la razón y en la tecnología (como prolongación de ésta) para su alcance. En su condición de ser racional y desde mucho antes, el ser humano se ha situado en el eje de este progreso, como la única entidad moralmente válida.

El antropocentrismo -esta concepción idealista-religiosa y moral- sostiene que el ser humano es el centro y el fin último del universo (Diccionario soviético de filosofía, 1965, páginas 19-20). Para Gray (1985), el antropocentrismo es un tipo de "creencia primitiva", en tanto sitúa a la humanidad por sobre y aparte de la naturaleza, rechazándose por tanto cualquier idea de interdependencia con el resto de seres vivos.

Tal concepción ha generado incluso influencias en las Ciencias Sociales: Catton y Dunlap (1980, en Corral Verdugo, 2001) llaman a esta influencia el Paradigma Excepcionalista Humano. Se le denomina excepcionalista, ya que se considera al ser humano como un organismo especial, una excepción formidable y superior dentro de las especies animales irracionales que dependen básicamente de sus instintos para sobrevivir. El ser humano, a diferencias de otros animales y gracias a su capacidad racional y de voluntad, se encontraría por sobre los demás seres vivos, por lo que se adjudica su dominio sin necesidad de seguir las leyes ecológicas que gobiernan la interdependencia de las especies.

Una década antes (1970), el psicólogo Richard D. Ryder ya había acuñado el término “especismo” para referirse a la discriminación basada en la diferencia de especie. Esta discriminación conlleva la infravaloración de los intereses de aquellos que no pertenecen a la especie humana, por el mero hecho de pertenecer a una especie determinada. Esta expresión del Paradigma Excepcionalista Humano está siendo ampliamente cuestionada por personas que exigen un trato ético a los animales, en tanto ésta es una discriminación moral arbitraria de carácter grupal análoga al sexismo y al racismo.

La valoración estrictamente utilitaria y funcional del ambiente y de los animales pseudoargumentada en su condición no-humana, conlleva la cosificación de otros seres como “herramientas” o “recursos” para la satisfacción de necesidades humanas. No hay límites en la explotación de recursos ni interés en un consumo responsable.

Incluso, el especismo y demás manifestaciones del Paradigma Excepcionalista no sólo implican la degradación efectiva, vertiginosa e irrestricta del entorno natural, sino que también se ha confirmado su cercanía al individualismo: es decir, la depredación del entorno ya no sólo vulnera derechos de otras especies sino que se ha visto asociada a la optimización de beneficios a favor del individuo y a expensas del capital social y de la formación de redes en comunidad (Hernández, Suárez, Martínez-Torvisco y Hess, 1997, en Corral Verdugo 2001).

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